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    3/11/2008

    C'est la vie

    Hoy quiero comentarles una historia, que no es mía, sino que le pasó a un amigo de un amigo.

    Cuando comenzó a caminar, tenía la impresión que era ÚNICO en todo lo que él entendía como grande (mundo). Se puso de pie, dio sus atarantados pasos y enfrentó la realidad como si fuera la vida, toda de él. El cuerpo horizontal, cabeza en alto y la posibilidad de estar por encima de sus pares; claro esto no duró mucho porque tuvo que sentarse a comer a la mesa con los grandes, asumiendo la responsabilidad de ya no dominar desde su “situación” de “indefenso”, sino desde un igual. Como les contaba, en ese momento, la desilusión le embargó por una razón muy sencilla: los pies le balanceaban por debajo de la mesa y por sobre el suelo. Con esto un nuevo gran desafío de vida, ya verán.

    El entrar a la universidad y el momento cuando sus compañeros le recibían con un arsenal de sustancias tóxicas, le hizo recordar aquello que en tercero básico le marcó la vida. Si no hubiese contado con la presencia de su profesora Mireya Paredes, quizás qué hubiese sido en ese tiempo de él. Para entonces, estaba de moda el juego de la Ranita, juntas ambas manos, dejando un vacío entre ellas y al golpear la cabeza de tu amigo se produce un sonido, instante propicio para gritar Ranita! y salir corriendo antes de que tu querido compañero pueda atraparte para demostrarte su entera gratificación. Bueno solo decir que solían divertirse mucho con este personaje que les estoy presentando, tanto así que las cosas se pusieron un poco complicadas y tuvo que intervenir la profesora ya mencionada. Para algunos era muy divertido, no tanto para el que lo recibía.

    Un nivel de frustración muy parecido era, el que en aquel instante, le provocaba ser bombardeado con proyectiles putrefactas, pero cómo reaccionar; golpearlos a todos como lo hizo alguna vez defendiendo a su amigo de familia humilde al cual le golpeaban los niños de 4º básico. Sí era una posibilidad, que “El doctor” que por aquellos años cursaba el 2º básico, repitiera la hazaña de irse a las manos contra niños más grandes, pero por otra parte, eran muchos esta vez y el gladiador de lucha criolla, “El doctor”, podía quedar en camarines, para un mejor desafío. Lo que vino después no estuvo mal, bueno no tanto por lo que me contaba él, lo del chancho, no sé si hubiese valido la pena. Sonaba por un gran parlante música de la que pegaba por aquellos días; le obligaron bailar, su pareja, la mechona más bonita de toda la competencia, el primer lugar, ambos se ganaron sus respectivos premios, ella, besar a su pareja de baile, lo que le hizo sentir unos labios nada de despreciables, quitando el sabor a vinagre, pescado descompuesto, huevos podridos y tantas cosas más que al final decides no seguir averiguando por una cuestión de salud mental que puede llegar a influenciar fuertemente en tu salud física. Qué le tocó a él. También dar un beso, pero no a su pareja, sino, a un estilizado chancho, bueno solo lo que quedaba de aquel animal, solo su cabeza. Todos gritaban a una voz EL beso! El beso! … no se imaginan la cara que ponía cuando recordaba aquella cabeza que flotaba por el aire con una lengua afuera, ojos desorbitados y pellejo helado, por lo menos la lengua era la helada.

    Animales, eso parecían cuando se peleaban un número a las 7 de la mañana para inscribir ramos. Una manada de cualquier cosa, donde hembras y machos por igual se carnereaban, daban empeñones, aplicaban codazos o el viejo truco de pisar los pies. El número 128 y el 83 no eran números tan bajos. Un gran logro el haber madrugado y haber obtenido firmas y timbres de ambos departamentos haciéndoles escoger profesores y ramos, no antes por su puesto, de lograr una larga fila para conseguir esas apreciadas conquistas.

    Desde 3º a 4º jugaba religiosamente al paquito libre, todos los recreos, sobretodo el más largo. Se divertía y gozaba dando grandes zancadas por el patio, dejando atrás a sus compañeros, era muy bueno para correr, quizás la gran añoranza de correr y correr sin parar, era lo que le movía a escabullirse entre los demás y no dejarse atrapar para poder gritar liiiibre dentro de la zona segura. Eran tiempos en que los delantales pasaban susto, los botones y el tirante de atrás zumbaban y finalmente puede ser esa la época donde su mamá más cosió en su vida, pero con la siempre alegría de que su hijo se divirtiera, gritara y riera lo que más pudiera.

    Eso, eso es lo que necesitaban todos en el momento de inscribir ramos, aprovechar que todos estuvieran reunidos y ocupar el recinto fuera de la facultad para jugar al magno paquito libre y no andar a empeñones o copuchando acerca de los ramos que había tomado tal o cual personaje, o la cantidad de créditos que tenía que tomar o el mismo hecho de elevar solicitud para hacer algún ramo de nuevo. Hay que divertirse en la vida.

    Hay algo que Ignacio no puede negar en su vida, había tenido momentos de real descarga de energías, las peleas en 1º y 2º básico, la nariz rota de su compañero en 5º, la suspensión en 4º medio, para qué nombrar la cantidad de veces que le llamaron el apoderado por llegar atrasado, tan así que el apoderado se hizo amigo del inspector y los últimos años le justificaba por teléfono, bueno esa no era una descarga de energía, pero me pareció algo anecdótico de su parte. Eso sí, nada como aquellas fechas donde resucitaba el espíritu encarnecido de Daniel Menco que ahora y siempre hará correr a cualquiera que ose lanzar piedras a los carabineros, y cómo no decirlo, él también estuvo ahí, corriendo y tirando piedras al orden ciudadano, él,  que con tanto respeto alguna vez les había cantado en algún acto Orden y Patria, es nuestro lema, la ley espejo de nuestro honor. Del sacrificio, somos emblema … De algo había servido jugar al paquito libre, juego que de seguro no habían gozado algunos representantes del Orden que corrieron más de una vez tras él, sin poderle atrapar.

    Hoy conversamos con Ignacio de todo esto y mucho más, pero sobre éste tema, me decía: alguna vez di mis primeros pasos lerdos, pero fueron los primeros; y junto a todo lo anecdótico que te puedo contar, que fue mi vivencia de estudios, con largas vigilias, glorias y fracasos, puedo decir que tengo que recordar que aún hay sillas donde me siento y mis pies balancean por sobre el suelo. Por lo mismo en este nuevo comienzo de año siento que estoy indefenso ante muchas situaciones, pero la diferencia está en que hoy entiendo que el ponerme de pie, erguido, con la cabeza en alto, es de grandes, de aquellos que se atreven a dar pasos sin olvidar lo vivido, porque nada sobra, sino que prepara.

     

    Mithos

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